*Por Javier Biasotti
Esta semana se cumplieron 66 años del fallecimiento de Ramón Carrillo, el padre del sanitarismo argentino. Redundar en su monumental obra nunca está demás, considerando su alcance y proyección histórica. Sobre todo, porque su planificación y ejecución material se concretó en un lapso de tiempo menor al del mandato constitucional del peronismo en el gobierno, antes de ser derrocado en 1955.
Conmueve recorrer el interior profundo de la Argentina y verificar, en grandes hospitales de capitales provinciales, el sello distintivo del legado carrillista. Construcciones imponentes, muchas veces exaltadas con aportes de mármoles de Carrara porque, de acuerdo al ideario de Eva Perón, nada de lo que fuera usufructuado por los pobres para resguardar su salud, favorecer su educación o impulsar el disfrute de los trabajadores, debía contenerse en instalaciones pobres.
Pero la herencia de Carrillo no se limita a las edificaciones de hospitales, policlínicos o centros asistenciales. Su producción científica y literaria, y sobre todo, su acción política en el terreno del sanitarismo, quedó plasmada en conceptos que quedaron cristalizados para siempre en un país y en un tiempo en el que, parafraseando al Gral.Juan Perón, resultaba “increíble que tengamos un ministerio de Ganadería que se ocupa de cuidar a las vacas y no haya un organismo de igual jerarquía para cuidar la salud de la gente".
Así, fueron bandera la priorización al impulso y despliegue de la medicina preventiva, a la organización de las estructuras hospitalarias, a concepciones como la "centralización normativa y descentralización ejecutiva" o al planeamiento estratégico en materia de salud pública.
La historiografía destaca que durante la breve pero intensa gestión de Carrillo se comenzaron a implementar campañas de vacunación de fuerte impacto en la sociedad –como las antivariólica y antidiftérica–; se ejecutaron acciones masivas a nivel nacional contra la fiebre amarilla y las enfermedades venéreas; se creó la Empresa de Medicamentos del Estado Argentino (EMESTA), la primera fábrica nacional de medicamentos que funcionaba en el Instituto Malbrán y producía remedios un 70% más baratos que los de los laboratorios privados.
Muchas manejando vehículos por caminos polvorientos de la Patria o llegando en tren a poblaciones aisladas, Carrillo hizo caer drásticamente los índices de mortalidad infantil y de mortalidad por tuberculosis. Por si fuera poco, clausuró epidemias como las de tifus y brucelosis.
Pero quizás el más trascendente legado de Carrillo se sintetice en sus ideas, sus valores, en su aporte a la producción de sentido en el campo de la salud pública.
Como paradoja de una Argentina que suele despedazar a sus mejores hombres y mujeres, luego de su salida del gobierno en 1954 Carrillo buscó oportunidades laborales en el exterior, donde lo sorprendió el golpe militar de 1955 que no solo desalojaría del poder al peronismo, sino que acometería la empresa de intentar borrar de la historia cualquier vestigio de su reparadora existencia en beneficio de los desposeídos.
Entonces, con odio de clase expresado en manifiesta venganza, la dictadura comandada por personajes como Pedro Eugenio Aramburu e Isaac Rojas concretó una pionera expresión del actual lawfare: persiguió política y judicialmente a Carrillo, el autor intelectual y material de la principal revolución sanitaria en la Argentina, por la insignificante rendición de unos vales de nafta de un vehículo oficial del ministerio de Salud.
Con solo 50 años de edad, exiliado, con su salud física y emocional quebrantada y sumido en la mayor de las pobrezas, Carrillo murió en Belem do Pará, ciudad norteña del Brasil a la que había llegado para aportar su conocimiento, experiencia y capacidad laboral.
Fue estéril el intento de los personeros de la revolución fusiladora por mancillar su memoria a través de la condena política, judicial y mediática. Es que, inevitablemente, la obra de hombres y mujeres que transforman la vida cotidiana del pueblo queda grabada a fuego en sus corazones y en sus conciencias.
*Periodista.

