El desgaste de los equipos de salud no es un problema individual: se produce en el sistema y se enfrenta en común. Nombrar el cansancio también es político.
En los espacios de intercambio que la AASAP sostuvo durante este año apareció, una y otra vez, un tema que no deja de insistir: los equipos de salud están agotados. No es una impresión aislada ni un estado de ánimo pasajero. Se repite entre jurisdicciones, niveles de atención y disciplinas, y conviene empezar a leerlo como lo que es: un indicador del estado del sistema de salud.
Lo que dicen los equipos
En junio, la AASAP convocó junto con la Universidad Nacional de Lanús y la RAIIS una cartografía participativa sobre el suicidio como problema de salud pública en Argentina y Uruguay. El tema era otro, pero los equipos trajeron su propia situación en cada uno de los ejes de trabajo. Hablaron de cansancio, sobrecarga, precariedad laboral y una sensación persistente de que la información que producen no sirve para nada.
En septiembre, otra experiencia de trabajo territorial —cartografías participativas sobre incendios forestales realizadas en Bariloche y Junín de los Andes[1]— mostró la misma escena desde otro ángulo. Trabajaron por separado jóvenes y referentes institucionales: hospital, bomberos, escuela, universidad. Las emociones que nombraron unos y otros fueron casi idénticas —preocupación, impotencia, incertidumbre, miedo—, pero las de las personas adultas resultaron más negativas. Una de ellas lo escribió así: “impotencia de ver que casi siempre estamos en el mismo punto”. Lxs referentes presentes del sector salud reconoció que está acostumbrado a reaccionar, que no está preparado para prevenir y que no cuenta con protocolos para acompañar lo que viene después.
A esto se suma un dato regional. El 24 de septiembre, la OPS advirtió que la violencia contra el personal de salud sigue siendo un desafío para los sistemas sanitarios de las Américas. Según un estudio citado por el organismo, realizado en 22 países —20 de ellos de América Latina—, el 66,7 % del personal de salud encuestado había sufrido algún tipo de agresión durante el año anterior, y aproximadamente uno de cada diez incidentes implicó violencia física. La propia OPS vincula este fenómeno con el ausentismo, el agotamiento profesional, la rotación de personal y la discontinuidad de los servicios.
Tres dimensiones del desgaste
Leído en conjunto, este material permite distinguir al menos tres dimensiones que suelen confundirse.
La primera es material: sobrecarga, salarios que no alcanzan, pluriempleo, contratos precarios, cargos que no se reponen. En un contexto de ajuste sobre el sector público y de retracción del Estado nacional en sus funciones de rectoría y de financiamiento de programas, estas condiciones se profundizan, y su costo se traslada a los equipos que siguen sosteniendo la atención.
La segunda es relacional: la violencia en el lugar de trabajo y un malestar social creciente que llega a los servicios como demanda, como urgencia y, a veces, como agresión. Los equipos atienden ese malestar mientras lo comparten. Forman parte de la misma sociedad desalentada a la que asisten, y eso hace la carga doble. Ese malestar ya tiene expresión epidemiológica: según el Ministerio de Salud de la Nación, la tasa de suicidio en Argentina pasó de 6,3 por cien mil habitantes en 2020 a 7,8 en 2024.
La tercera es la del sentido, y probablemente la menos atendida. Cuando los equipos dicen que los datos que producen no sirven para nada, no están hablando de cansancio físico. Hablan de un trabajo que no vuelve: registros que no retornan como decisión, diagnósticos que no se traducen en recursos, una organización estructurada alrededor de la emergencia, donde no hay tiempo para el antes ni para el después. Lo que suele describirse como desmotivación es, muchas veces, una respuesta razonable frente a un sistema que no reconoce lo que se le entrega.
Fernando Ulloa llamó cultura de la mortificación a esa forma de desgaste en la que el padecimiento se naturaliza, la queja ocupa el lugar de la protesta y cada uno sufre a solas lo que es común. Es una descripción precisa de lo que hoy se escucha en muchos servicios.
Por qué es un problema de salud pública
El agotamiento de los equipos no es un asunto de bienestar laboral que pueda tratarse por separado. Es una condición del derecho a la salud: no hay garantía de acceso, continuidad ni calidad de atención con equipos que rotan, se enferman, se van o dejan de creer en lo que hacen. Y las brechas que esto produce no se distribuyen al azar. Se concentran donde los servicios ya eran más frágiles y donde la población depende exclusivamente del subsistema público.
Por eso las respuestas que trasladan el problema a la capacidad individual de adaptación —la resiliencia o el autocuidado como consigna— resultan insuficientes. No porque el cuidado personal no importe, sino porque desplazan la responsabilidad hacia quienes padecen las condiciones y la quitan de quienes tienen capacidad de modificarlas. El desgaste se produce en la organización del trabajo y en las decisiones de política. Es ahí donde tiene que abordarse.
Qué hacemos desde la AASAP
Las condiciones de trabajo dependen de quienes conducen el sistema, y ese reclamo sigue en pie. Pero hay una parte que nos toca: construir espacios donde lo que nos pasa no se padezca a solas, donde lo que se sabe tenga a quién llegar y donde el trabajo de cada quien encuentre un sentido compartido. Cada una de nuestras líneas de trabajo es, también, una forma de cuidado.
Concurso literario. Para poner en palabras lo que nos pasa en el trabajo: lo que duele y lo que sostiene, lo bueno y lo malo. Lo que se escribe y se lee entre pares deja de ser un padecimiento privado.
Archivo Colectivo del Derecho a la Salud. Para que quede registro de quienes sostienen el derecho a la salud en cada territorio. Mirar lo que hacemos es también una forma de reconocerlo.
AGENDA. Para articular organizaciones en torno a la gobernanza del derecho a la salud y que lo que los equipos saben llegue a los lugares donde se decide.
Webinarios semanales. Para sostener, cada martes, un lugar regular donde pensar juntos con evidencia. La continuidad de una cita también es cuidado.
Nodos y consejos. Para que nadie piense solo desde su provincia ni desde su disciplina, y para que la AASAP tenga anclaje en los territorios y en los temas.
Foro Sudamericano de Salud Pública. Para recordar que lo que nos pasa no es solo argentino y sostener la cooperación regional cuando se debilitan los marcos multilaterales.
Boletín. Para nombrar lo que ocurre y hacerlo circular, como intentamos en esta misma nota.
Revista Una Salud. Para que lo que los equipos investigan y hacen tenga dónde publicarse y quién lo lea. Es una manera concreta de que el trabajo vuelva.
Cuadernos Fiocruz. Para leer en castellano, junto con colegas de Brasil, el contexto global, y entender que nuestro malestar también tiene una escala internacional.
Jornadas de abordaje del suicidio. Para trabajar un problema de salud pública que crece y, al mismo tiempo, cuidar a quienes lo abordan todos los días.
III Congreso Internacional de Salud Pública. Para encontrarnos en persona los días 30 de noviembre y 1 de diciembre en Rosario. Porque una red también necesita verse.
Seguir tejiendo
Ulloa decía que la ternura no es un sentimiento sino una condición: abrigo, alimento y buen trato. Pensada así, es una categoría política. Cuidar a los equipos no es un gesto de reconocimiento ni un tema auxiliar de la agenda sanitaria. Es parte de lo que un sistema de salud tiene que asegurar para poder garantizar todo lo demás. Y el primer paso es dejar de padecer a solas lo que es común.
Roberto Juarroz pensó al mundo sostenido por una red de miradas que no lo deja caer. Sigamos tejiendo la nuestra. En la AASAP elegimos no dejarnos vencer, y elegimos hacerlo juntos. Esta red también es tuya: te esperamos.
Alejandra Sánchez Cabezas
Presidenta
Asociación Argentina de Salud Pública (AASAP)

